Hacía siglos que no escribía una puñetera letra por estos lares. Al leer ustedes "puñetera", ya habrán averiguado el mosqueo que me colma de hemisferio a hemisferio (mi hijo ya está dándome la vara con lo de querer escribir fino y mezclar tacos o palabras de esas que intercambiamos en el mostrador de la carnicería; yo es que soy así, lo mismo me zampo un osito de gominola que le pego un mordisco a un limón. También se habrán dado cuenta a estas alturas de trozos, que meto a mi hijo "en directo". Es que como no controlo mucho el ordenador, escribo estas cosas cuando él está por aquí y así, si tengo alguna duda, me echa un cable, que a estas alturas se ha convertido en una instalación eléctrica: Soy torpe, ¿y qué pijo pasa?).
Anda que vaya pedazo de paréntesis he cascado en el párrafo anterior. Es que no puedo ser más corta, digo más breve, que corta ya soy, tranquilos que servidora conoce sus límites y sería muy bonico que existiera más gente con la vara de medir bastante clara. A estas alturas me he tropezado con tantísimo gilipollas (¿tengo que poner gilipollos y gilipollas para las feministas sin fuste?) que cuando encuentro a alguien que tiene claro hasta dónde llega, creo que es poseedor de un don divino. Hay mucho esparto suelto en la tierra de la alpargata, ya lo sé...
Ya es inminente, ya está encima la legión de carnes grumosas bajo prendas de lycra. No hace falta que ponga el ojo en el visor de ningún telescopio, veo la superficie lunar donde quiera que mire. Los mejillones no son exclusivos de Bélgica y sus chorrocientas formas de prepararlos. Aquí hay más y servidos de una sola manera: a la chancla.
Sufro cuando veo a un Jesús crucificado que anda asfixiado por partida doble: su posición en la cruz y su penitencia extra al ahogarse entre los pelos del pecho de un individuo que lleva la camisa desabrochada hasta la ingle, pero eso sí, bien metida por dentro de un pantalón de pinzas con la cinturilla escondida bajo una superficie esférica. En casos extremos, el pantalón de pinzas se ha sustituido (sobre todo en zonas de playa) por lo que parece indentificarse con un pantalón de tenis, pero que se ve mejor por la parte trasera.
Por misterios del calor y sus consecuencias, una legión de marranos/as coloniza las terrazas de los bares y quiere mostrar al resto del mundo que la digestión comienza con el bolo alimenticio y además, saben pasearlo con la boca abierta sin que se le caiga nada. Su capacidad y temerosidad es tal, que antes de tragarse lo que han masticado tres veces, para que el tomate no se sienta solo entre esos dientes que apenas trabajan, se meten de una vez cinco michirones que han pinchado del plato con tanta fuerza que han rajado la porcelana.
Este año, cuando sople las velas, que ya es una cantidad como para pegar un extintor bajo la tarta, pediré dos deseos: que desaparezca la lycra y que esos mortales que se empeñan en demostrar cómo se menea la comida en la boca, nos dejen al resto en la más absoluta ignorancia.