miércoles, 3 de abril de 2013

Trozo dos: vigilando a los zagales en la procesión

Hay una cosa (bueno hay tantas, coñe...) que me repatea y es ese empeño en coger unos catarros de órdago, o de padre y señor mío, más apropiada esta expresión dadas las recientes fechas; en fin, como iba diciendo, acaba de irse el tiempo pasional y las mujeres sobre todo procesionan ahora por las farmacias para aliviar los resfriados derivados de llevar trapos primaverales de estreno aunque haga frío. Se han comprado ropa casi de verano para Viernes Santo y Domingo de Resurrección y en esta zona el Meteosat atina lo mismo que un ciego enhebrando una aguja, así que cuando anuncian jornada soleada y temperaturas agradables, la cosa amanece más fría que... más helada que... ay señor qué rabia me da no tener a mano comparaciones de esas que Chiquito de la Calzada tenía a espuertas en sus actuaciones. Bueno, lo mismo da. Luego cuando esté haciendo otra cosa me vendrán. Resumiendo: mis vecinas salieron el viernes a ver el Santo Encuentro y a tomarse el "vermú". Ahora están hechas polvo con la batamanta en el sofá, pero me llamaron para que el domingo llevara a sus críos a la procesión, que querían salir; claro, yo me he cabreé más que un mono delante de un espejo porque a ver qué puñetas me ponía para tan señalado día, que ya saben ustedes que la gente que sale a la calle parecen invitados de boda (aunque siempre hay un atrevido/a que se pone vaqueros) y a mí las procesiones no me gustan y los respectivos padres estaban practicando deportes de riesgo (que digo yo que podrían tomarse algo para nivelar esas sustancias descompensadas que tienen en el cerebro, porque una vez oí en la tele que a la gente que le gustaban los deportes arriesgados y la aventura le pasaba eso, lo de la descompensación).

   Los críos no paraban de dar por saco con salir de nazareno y yo venga a decirles que en lugar de eso, nos podíamos ir a la sierra a coger piñas. No consintieron. Si los hubiera parido yo les hubiera soltado un palo en el culo, pero estas generaciones modernas de papás y mamás creen que el nivel de comprensión de sus hijos está al cien por cien desde que empiezan a nadar en la placenta... así que cualquier cosa hay que explicársela y ahí es donde vienen luego las madres mías. "Hay muncho tonto suelto"-decía mi padre- Y es verdad.

   Mi Álvaro me dio la solución: "Mamá, ponte una túnica y métete con ellos". Eso hice. Mi cruz (una de ellas) es que no sé decir que no y de no gustarme los desfiles semanasanteros a vivirlos en primera persona, es meterse del agua fría a la caliente, pero en el fondo, muy en el fondo, había algo revoloteando en el estómago. Yo me altero y me indigno con las pijo-vecinas pero miro a esos críos y me pongo todos los capisayos que hagan falta.

   Un amigo de mi hijo me dejó una túnica de la cofradía de los vecinos y salí en la procesión más tiesa que un ajo, con un cirio y los críos bien peinados. Al principio la cosa iba bien, pero de pronto se soltaron de la mano y tomaron carrerilla hacia el grupo infantil que iba tras el estandarte. Voy a ser una miaja marrana, pero ustedes entenderán que me cagara en la madre que los parió y en toda su reata, como decimos en esta zona de la península. Menos mal que tuve precaución inconsciente y me puse en los primeros cirios que van detrás del grupo de críos y por lo menos los iba vigilando.
 
   Al principio no me dí cuenta pero después, descubrí horrorizada algo que me... me dejó... los perdí desde el momento en el que se introdujeron entre esa marabunta de capas blancas. Por culpa de una oleada de estilismo, ¡iban todos peinados de la misma forma! ¿Dónde estaban? Comprendan mi acojonamiento (sí, ya sé que son palabras malsonantes para una señora como yo, pero cuando me entra miedo o mala leche suelto tacos vía oral o escrita), estaba sintiendo cómo me iba bajando la tensión poco a poco hasta que por fin dí con ellos, aunque para ser honrada, les diré que fueron ellos los que salieron de la nube de mini-cofrades, porque los cabritos se habían quedado sin caramelos y volvían a la "central" para reponer material.

   Y en este párrafo es donde me sincero a lo bestia: ir más tapada que un ninja me divirtió mucho. Observar a todo el mundo desde el puesto de invisibilidad que da un capirote es una sensación inexplicable. Ver en una jornada matutina a todas mis amigas de la infancia que no salen nunca, salvo en Semana Santa que es cuando los maridos las sacan (lo dicen ellas, ¿eh?) y se visten ideales para la recogida de los Globos de Oro... ver parejas extrañas que sugieren reflexiones y preguntas estúpidas ("anda, coño, ¿ésta está con éste? ¿Cuando se ha separao? Pues si que hace tiempo que no salgo").

   No sé si es bueno o malo, pero el año que viene repito...

 

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